Los linfocitos toman entonces
las riendas de mi cuerpo,
es obvio
que no han reconocido
mi envoltorio proteico
y creen que es engullible.
Se replican,
se organizan,
me hacen su huésped
y ciudad de su gobierno.
Se autodelimitan bajo mi tímida estructura
que con analgésicos mantengo,
su nacionalismo no tiene límites
y a todo mi cuerpo marcan por fin
con estigmas de sus citoquinas.
Y cuando me tienen sin tiempo
comercian con mi descuido,
soy sometido
dede entonces
a este desorden
que corroe mis organos y mis huesos
y siguen su obra destructiva.